carta a lucero

Mi querido “Lucero”:

Sé que te extrañará que alguien te escriba. Me consta que no es la primera vez que alguien escriba a un burro o sobre un burro. No, no soy original al intentar hacerte aparecer en letra de imprenta, si es que estas líneas nacen a la luz alguna vez. Has aparecido en poesía, obras literarias –algunas de mucho renombre—, en canciones de calidad… Lo mío es una necesidad, un desahogo contigo que me va a permitir expresar confidencias no comunicables a otros seres.

Además, en un libro que no hace mucho escribí, te quedaste a las puertas de aparecer, pues refiriéndome a otros hermanos tuyos, a ti, el más glorioso de todos, no te mencioné dejando esta referencia para otra ocasión. Y creo llegado el momento.

Siempre he sentido hacia ti una gran comprensión.

Recuerdo mis primeros contactos contigo. Fue en mi pueblo, cuando los burros todavía atravesaban la villa por la calle principal entre los viandantes con el arriero detrás azuzando con gritos y varazos a fin de acelerar el paso de la recua. Más tarde, con el progreso, los de tu clase, víctimas del aparthead, tuvieron que recorrer una circunvalación humillante para no ofender ni los ojos ni el olfato de los hombres ¡Triste segregación!

Dolían en mi espalda esos varazos que recibías en la tuya. Y los recibías sin un gesto, sin un ruido. No te quejabas ni te rebelabas.

Pequeño y avispado, caminabas con un cuerno en tu pescuezo amarrado con una cuerda. Sobre tus lomos, grandes serones de esparto unas veces vacíos bamboleándose incontrolables, otras llenos de una bien remecida carga de arena húmeda, goteante, obtenida en las laderas del río próximo.

Tu andar era garboso, tu trotecillo alegre, tu actitud sumisa.

La mirada de los que pasaban por la calle y de los que se sentaban alrededor de un velador a la puerta de un bar, tomando una cervecita y unas tapas, era indiferente y, si algo, airada.

Pasabas por allí sin ser notado, a lo tuyo, incomprendido o despreciado…Nadie se compadecía.

No eras más que eso: un rucho que lleva su carga. ¡Pobre borriquillo!

Hoy los ecologistas te han puesto de moda y has saltado a la primera página. ¿Sabes que eres un animal en peligro de extinción? Pues sí. Esto te coloca entre los privilegiados que merecen un trato de honor, un lugar entre los de casta especial. Hasta los gobernantes se sentirán urgidos a dictar leyes que traten sobre ti y se emitirán decretos a tu favor y se castigará con penas públicas a todos aquellos que osen poner una mano sobre ti… ¡Cómo han cambiado los tiempos…!

Esto llevará a todos a mirarte con respeto, a considerar tus virtudes, a contemplarte con detenimiento y a darse cuenta entonces de lo simpático de tus proporciones, de la suavidad de tu pelambre, de la grácil agilidad de tus orejas y de la inteligencia de tus ojos grandes, luminosos y húmedos…

Un reconocimiento debido. Una justa reconsideración de tu valer, de tu por qué y para qué.

Además tú no eres un burro cualquiera. Tú eres “Lucero”. Tienes una estirpe y una genealogía; estás entroncado en una historia que nosotros llamamos nada menos que Sagrada.

Todos los cristianos que por tales hemos leído los Santos Evangelios, sabemos tu historia. Estabas, como todo lo que existe, en la mente de Dios, con un fin determinado, para una utilidad concreta. ¿Te acuerdas cuando Adán escogió para ti el nombre de burro? Al ponerte el nombre, desde aquel mismo momento ya eras suyo, y yo, al ponerte “Lucero” te he escogido entre todos los burros, recordando la historia que habías de vivir porque Dios así lo quiso y Jesucristo señaló con su dedo…

En el Evangelio no te llamas “Lucero”, pero yo te lo puse para así distinguirte de otros asnos evangélicos. Tenías una misión concreta que cumplir. Tú eras tú. Pensado y querido por Dios, como un instrumento para su Providencia. A mí sólo me quedaba mirar, remirar, encontrar el por qué de todo eso…

¿Sabes lo que encontré mirando? Me encontré a mí mismo, como en un espejo. Dice un gran escritor de finales de siglo que el hombre, al leer un libro, va buscándose inconscientemente a sí mismo. Si lo encuentra, lo que lee le parece mucho más interesante y, a partir de entonces, todo lo analiza desde el punto de vista de aquel personaje.

Pues a mí me pasó precisamente eso: me encontré en ti y desde ti, con tus ojos, contemplé todo lo mío. ¡Te encontré interesantísimo! ¡Cuánto aprendí!

Muchas son las cosas que ven los hombres leyendo el Evangelio, al menos muchos hombres. Lo que narra la Escritura va dirigido a todos los hombres sin excepción, porque es la Buena Nueva, el mensaje de salvación para todos los hombres. Nadie está exento de estar en él. “Predicad a todos los hombres…”, porque para todos es. Allí nos encontramos movidos por la curiosidad sobre nosotros mismos. Por ejemplo, nos podemos ver buscando en el cielo, como los Reyes Magos, el camino que hemos de recorrer en nuestra vida; pidiendo luz para nuestros ojos, tantas veces ciegos, en la petición de Bartimeo, el ciego de Jericó; aprendiendo de la Magdalena, que nuestro desprendimiento ha de ser por amor… Estamos en todas las páginas del Evangelio. En cada una de estas páginas, hemos de ver dónde poner el pie para caminar hacia el Cielo y encontrarlo.

Te escribí en otro libro lo que me enseñan tus hermanos ante el Nacimiento de Jesús, ante la persecución de Herodes, y en la casa de Nazaret.

¿Qué me enseñas tú? ¡Mucho!

Echemos un vistazo a la escena que nos describe S. Marcos en su capítulo XI:

Jesús está para entrar en la Ciudad Santa por Bet Fagé y Betania, junto al Monte de los Olivos. Desde allí manda a dos de sus discípulos y les dice: “Id a la aldea que tenéis enfrente y, nada más entrar en ella, encontrareis a un borriquillo atado, sobre el que todavía no ha montado ningún hombre; desatadlo y traédmelo”; y si alguien os pregunta ‘¿por qué hacéis eso?’ respondedle que el Señor tiene necesidad de él”.

Se refiere a ti “Lucero”. Allí estabas tú sin advertir nada de lo que estaba sucediendo. Atado, esclavizado a tantas burradas, sometido a tantas bajezas, carente de libertad.

Y ahí tienes a Cristo que, no se sabe por qué, ha pensado en ti y te quiere. Te quiere limpio, te quiere libre, te quiere para Él.

¿Ves? Ahí estamos todos. ¿Quién no ha pasado por situaciones semejantes a las tuyas? Es curioso ver cómo se repite la historia en cada hombre. Jesús quiere a cada hombre para Sí, para que, siguiendo su camino, sea —¡al fin!— feliz.

Déjame que cite, aunque la cita sea un poco larga, un comentario del Beato Josemaría Escrivá a este respecto: “Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a sus palabras de cariño. Así reina en el alma” (Es Cristo que pasa, 181).

Amigo mío, ¡cuánto piropo! ¿verdad? ¡Cristo se fijó en nosotros, “Lucero”! Y ¿quiénes éramos nosotros? Pues… ¡nadie!

“No sé a vosotros; —continuamos con la cita anterior—pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos de Dios, como un jumento: ‘Como un borriquito soy delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra’ (Ps. LXXII, 23), tú me llevas por el ronzal”.

Él, Cristo, pensando en nosotros con todo el cariño de que es capaz, nos mandó a los Apóstoles y nos encontraron atados, “atados junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos”.

Tú recuerdas cómo los Apóstoles se acercaron con cierta cautela, por si les llamaban la atención, cómo al decirles alguien ·¿qué hacéis?·, respondieron como Jesús les había dicho: “El Señor tiene necesidad de él”. Y cómo, efectivamente, ante tu asombro, “les dejaron”. ¡Asombroso! Los Apóstoles comprueban una vez más, que siendo fieles a lo que El les dice, todo funciona bien, y te llevaron, como a mí años más tarde, a Jesús.

Te limpiaron, quitando el polvo que había sobre tus espaldas, colocaron sus mantos sobre el lomo y Jesús se sentó sobre ti…

Desde entonces llevamos el dulce peso de Jesús sobre nosotros. A veces es verdad que nuestra debilidad nos ha engañado y hemos querido desprenderlo, sacudirlo de nosotros. Pero hemos seguido el camino y … ahí estamos hoy ufanos, orgullosos de tan gran privilegio.

Cristiano es portador de Cristo. Le llevamos por todos los caminos de la tierra. No quiso para sí lo que le hubiera sido tan fácil: un trono de ricas maderas talladas, incrustado de marfiles y nácar y la más extraordinaria pedrería. Nos quiso a ti, “Lucero”, a mí, y me vuelvo a preguntar: ¿Por qué? No lo sé, pero es un hecho admirable.

Nada ni nadie me había cautivado como me cautiva ese peso divino sobre mí. Procuro llevarlo como lo llevaste tú, mi amigo: a un trote alegre, como una música cascabelera; al ritmo que me dicte la mano recia que dirige; poniendo mi pie sobre lugares firmes, seguros, a fin de no caer; atento siempre a la más pequeña insinuación de las riendas, para seguir el camino que ellas me marquen y no otro; mis orejas alerta a la más leve palabra de su boca divina, para inmediatamente ponerla en práctica.

¡Llevar a Cristo en su gloria! ¡Qué honor y qué responsabilidad!

Ya no puedo ser un borrico cualquiera. Tengo que cuidar mi comportamiento, tengo que saber estar. No puedo ser un borricote ineducado, que no se controle, pues sería grosero y soez. No puedo lanzar un rebuzno sin antes comprobar que es oportuno, sugerente, distinguido, sensible… Tengo que seguir el rastro imperecedero que dejaron aquellos burros que te antecedieron en tu genealogía evangélica: fueron generosos, dándole al Señor todo aquello que podían ofrecer: el calor de su cercanía en Belén; la ligereza de sus patas en la huida hacia Egipto; la compañía juguetona en el corral de la casa de Nazaret. No era mucho, pero era su todo. Hay que decir que sí. Escucha estos versos:

Por Ti siento adoración;
mas por amarte más lucho,
pues se me pone en razón
ser nada la donación
de este poco … que es mi mucho.

Mi querido “Lucero”: ya ves el camino que tenemos por delante. A veces ese peso de Cristo será el de su Cruz, otras veces será el del Niño que, sostenido por S. José, juega encaramado en nuestra espalda; otras será un peso que, aparentemente vacío de contenido, tendremos que superar con la fe… y así. En cualquier caso, siempre será Cristo que confía en nosotros.

Y no nos vamos a envanecer. Ni porque Cristo se fijó en nosotros, ni porque seamos su trono, ni porque nos mande a sus Apóstoles para adornarnos o porque nos indique con mano firme el camino seguro a seguir… No.

Conviene que frecuentemente nos demos cuenta de que somos burros. Que a veces podemos parecer algo o alguien de importancia… No nos engañemos.

Una vez vi, en una sillería, unas tallas que mostraban varias escenas. En una había un borrico que recibía, soplados en la oreja, los consejos de un Ángel; en otra, un jumento que coceaba indignado a un lobo traicionero, en otra –y ésta me resultó la más curiosa— un burro que, con las patas cruzadas y unas enormes gafas, leía absorto un libro que tenía abierto ante sí. Me hizo gracia y, por supuesto, capté su simbolismo. Pero no dejaban de ser burros.

Tú ,“Lucero”, estoy seguro de que, con el ejemplo de humildad que te enseñaba el Maestro, nunca pasó por tu mente que quizás, después de todo, no eras un burro, ya que habías sido llamado a tan altos fines. No pensarías que eras una elegante jaca jerezana, o un aristocrático dromedario, o un elefante de lenta majestad…

¿Verdad que no? No eras mas que un burro, pero un borrico que sabiéndose tal, ha sido elegido, porque sí, para ser trono de gloria al Mesías por las calles de Jerusalén.

“Lucero”, lo hiciste muy bien. Gracias. Tu ejemplo siempre me iluminará para seguir tus pasos, sintiendo la responsabilidad de llevar a Cristo en mi espalda. Sé que soy débil pero, mientras me sienta burro y nada más que un burro, la cosa irá bien.

He saldado una deuda que tenía contigo. Siempre estarás en mi meditación y en mi agradecimiento.

Hasta siempre.

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Una respuesta

  1. Saludos a Dn Lukas
    Tu crítica, tal vez sirva para reflexionar… pero es ácida como puquio salado, no construye… si de verdad te crees el mas inteligente por que no haces algo que supere a este espacio que la verdad a mi y a muchos nos parece interesante, y el libro del cual hablas tambien nos parece profundo serio. sabes… tu envidia guardatelo para ti.. pero no salpiques a los demas… construyamos no destruyamos… si te crees capaz has algo diferente, algo mejor… habla con los hechos y no te escondas cobardemente en eso de Lukas….
    se que leeras este mensaje y bueno tu y los otros tontitos no nos parará a los muchos y buenos quinchinos que hacen el bien y siguen en pie del progreso y la superación….
    los malos que no faltan son dos pelagatos como tu…

    cuidate….

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