¿Qué hacer con las pandillas?

La absurda muerte de Paola Vargas ha puesto de nuevo sobre el tapete la violencia de las barras bravas y, por extensión, la de las pandillas. Como es comprensible, la gente ha reaccionado con rabia desenfrenada. “Hay que llevarlos a todos a una isla y hundirla”, escuché en la radio.

Tratemos, más bien, que esta tragedia sirva para poner en la mesa reflexión y alternativas serias frente a un problema que aquí es todavía incipiente (si lo comparamos con los horrores que viven ya varias ciudades de la región), lo que da oportunidad y tiempo para controlarlo.

Lo primero es individualizar. Los asesinos de Paola la deben pagar. La Policía los debe identificar y los jueces condenar. No hay atenuante para este monstruoso crimen. A la vez, es muy importante no cometer el error de estigmatizar a todos los barristas por lo ocurrido, por más antipáticos, ruidosos y agresivos que sean. Sería tan absurdo como decir que la culpa del desastre ambiental de La Oroya es de “los empresarios mineros” o que la muerte de los policías en Bagua fue culpa de “los nativos”. En cada caso hay gente concreta que debe pagar sus responsabilidades.

Además de evitar la estigmatización, hay que crear estímulos positivos. Y, en este caso particular, los clubes de fútbol tienen la obligación de alentar y premiar conductas pacíficas y solidarias entre sus barristas, a la vez que aislar y sancionar a sus seguidores violentos.

Pero, más allá del escenario inmediato de las barras, hay que saber que el problema de la violencia juvenil no es fácil de enfrentar y no tiene soluciones solo policiales. Se explica, en mucho, por problemas sociales, familiares y económicos; requiriendo, por tanto, una intervención integral.
El tema clave es cómo evitamos que los niños de hoy terminen siendo pandilleros violentos mañana. No hay espacio aquí para el detalle, pero hay cientos de experiencias en América y algunas en el Perú, como la del ‘Padre Chiqui’ en el Agustino, que prueban que sí se puede tener éxitos. (Ver más en el libro de Ciudad Nuestra que lleva el título de este artículo y que es fácilmente accesible por Internet).

Algunas claves: sancionar a los que delinquen, alejar de las drogas y las armas a los que están organizados, aprovechar su solidaridad y lealtad internas para causas útiles, promover entre ellos la creatividad, su desarrollo personal y capacitarlos para su inserción laboral.

Hay muchos ejemplos a seguir. El problema es que la retórica incendiaria y la indignación no se convierten luego en políticas públicas, en este caso de prevención y control de la violencia juvenil. Como en otros campos de la seguridad estamos, también en este, perdiendo miserablemente el tiempo. Tanta miopía, efectismo y cortoplacismo van a pasarnos factura.

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